sábado, 24 de septiembre de 2011

SUDAMÉRICA DESVESTIDA


Sudamérica desvestida
Marcos Zimmermann
Por Maria Paz Crotto.

Desnudos Sudamericanos en el Palais de Glace (Posadas 1725) hasta el 31 de julio.
Sudamérica desvestida
Son estos muchachos los que se emborracharán con sus amigos del club los viernes, los que se pelearán a trompadas por su novia en el baile de los sábados y quienes nunca faltarán a la mesa de sus madres los domingos. Los que, adolescentes y ahogados en deseo, tocarán la puerta de esa casa del barrio habitada por un hombre del cual todos hablan en secreto. Los que gozarán con la mujer del cabaret pero se casarán con la chica de la cuadra. Y los que recordarán cómo se desvelaron después de aquella primera relación con un hombre, mientras pasan la noche en vela a la espera el nacimiento de su primer hijo, en un hospital.
Marcos Zimmermann

Un chico se levanta de la cucheta y corre la cortina de la ventana del tren. Viaje a Córdoba en el Rayito de Sol, árbol, árbol, nada. Imágenes que pasan y quedan sedimentadas en algún lugar. Hijo de padre con sangre industrial y de madre de familia atravesada por el arte. Un día se enferma y está un mes en cama, se aburre. Algunas cosas tienen premio: su padre le regala una cámara con diafragma y foco. Su hermano le enseña a revelar con platos de sopa y juntos develan rostros familiares. Un viaje hacia el centro de Argentina en búsqueda de la identidad: doce libros y más de cien mil negativos.
Ramón, gaucho.
Provincia de Buenos Aires, Argentina. 2002.

Entre vasos de vino se ríe con amigos y piensa en un proyecto de desnudos masculinos. En 2000 hace algunas tomas en ambas costas de Río de la Plata y luego decide ir más allá de las fronteras. Hombres verdaderos y, detrás, como en una película, los paisajes sudamericanos. Marcos Zimmerman quería hacer un libro diferente y separarse de los desnudos clásicos de fotografía, o incluso de pintura, que están basados en el físico, el músculo, el brillo y la luz. “Más que un libro de desnudos, es un libro de desvestidos porque hay viejos, grandes, chicos, gordos, petisos, altos, con miembros chicos, miembros grandes. No hay una búsqueda estética del cuerpo sino todo lo contrario, tratar de mostrar cuerpos naturales, cuerpos normales”, explica el fotógrafo.

Un proyecto grande y complicado. Zimmermann siempre piensa sus fotografías en libros y, aunque dice que no es un editor de libros, reconoce que es un fotógrafo devenido librero como estrategia para mostrar su trabajo. Comenzó Desnudos Sudamericanos en el 2000, luego vino la crisis de 2001 y todo se paró. El proyecto se reanudó y, junto a Gabriela Carpaneto, su asistente de producción, le pidieron a algunos varones que se quitaran la ropa. “Me di cuenta de que algunos hombres inmediatamente pensaban que yo tenía otras intenciones. Era más fácil que una mujer parara a un hombre en la calle o que entrara a una carpintería y le pidiera a un hombre que se desnudara para una foto”. Otras veces, contactaban a productoras locales para hacer la pre selección. Cada una de las fotografías toca algún cicatriz de un país: un hachero y un militar en Paraguay, un minero en Bolivia, un torero en Perú y un gaucho en Argentina son algunos ejemplos.

Pablo y Mariano, malabaristas callejeros en una casa tomada.
San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina. 2002.


En el epílogo de su libro, Marcos lo revela: “Todos los hombres aquí fotografiados son un solo hombre. Un hombre que se repite por millares en Sudamérica. Lo llevo dentro mío desde mucho antes de haberlo fotografiado, me habita desde hace años. Hombres parecidos a éste han cambiado mi forma de ver el mundo con una frase, o con un gesto. Y han sido mis padres a la mañana, mis compañeros por la tarde, mis enemigos de la noche y mis hijos en la madrugada”.

En las imágenes, se entremezcla la sensualidad con el machismo, la vida ardua y el descanso. No hay esteticismo, las fotografías muestran un desnudo directo y franco. El libro de Zimmermann es una contestación a las fotografía de desnudos de mujeres, que ya no escandalizan a nadie. Sin embargo, ver a hombres sin ropa resulta algo incómodo. Es como si al quitarles la ropa, apareciera la verdad, suya y la de su tierra.

A diferencia de sus prejuicios, en Chile tuvo la sorpresa de que era muy fácil encontrar gente dispuesta a desnudarse y en Brasil, por el contrario, fue mucho más complicado. Plantar a una persona enfrente de una cámara Pentax 6x7 y pedirle que se desnude genera de por sí una situación interesante. Marcos cuenta que, durante los primeros minutos, había una pequeña tensión porque los retratados son gente común que no está acostumbrada a posar, y menos a desnudarse en lugares semipúblicos.

Francisco, minero de una mina de antimonio.
Baiacoyo, Bolivia. 2006.

“Cuando uno empieza a trabajar y a hacer fotos durante una hora, dos horas, y conversando, la relación se afloja y finalmente uno termina no dándole demasiada importancia al desnudo en sí mismo”, cuenta Zimmermann. Al abrir el libro, el observador tiende a fijar la mirada en el desnudo porque es una imagen muy frontal. Pero, pasadas algunas páginas, comienzan a aparecer más fuertemente las expresiones y el entorno. “El libro es un pequeño cuento de una Sudamérica, o al menos como yo he visto algunas cosas de Sudamérica y es una reflexión sobre eso, sobre el hombre y sobre una manera de hacer fotografía. También es una contestación a la fotografía de desnudos clásica, estetizante y amanerada desde el punto de vista de la luz, del encuadre y demás. Es una fotografía muy directa y muy frontal”.

A todos les pidió que posaran con eran y, detrás de sus cuerpos, queda revelado su ambiente. En el prólogo, Zimmermann escribe: “Posiblemente la mayoría de ellos no llegará a verse en este libro, ni tendrán clara conciencia de que dormirán impresos por años en bibliotecas de ciudades que no conocen. Tal vez, tampoco sabrán que han dejado plasmado para el futuro un pedazo de Sudamérica en cada una de sus poses, en su temor a mi cámara, en su desenfado, o en el esfuerzo por imitar cómo se posa en las revistas o en la televisión. Pero todos, a su manera, han tenido confianza”. Una confianza que le confiere el retratado al fotógrafo y que tiene el hombre sudamericano en sí mismo.

Pablo Diego y su padre Pablo, albañiles.
Maldonado, Uruguay. 2002.

Desnudos Sudamericanos es un ensayo compuesto por más de ochenta fotografías que Zimmermann realizó durante ocho años en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, Paraguay y Brasil. El fotógrafo también eligió para el libro una selección de textos que hablan de la masculinidad sudamericana. Se encuentran fragmentos de escritos de Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Manuel Puig, Manuel Scorza, José Hernández, Ezequiel Martínez Estrada, Horacio Quiroga, Pedro Lemebel, Nestor Perlonger, Osvaldo Lamborghini y Tomás Falknerm, entre otros. El libro, realizado por Ediciones Larivière, es de formato grande (29 x 38,5 centímetros) y tiene 130 páginas de papel de alta calidad. Además, las fotografías están exhibidas hasta el 31 de julio en el Palais de Glace.
Marcos Zimmermann no cree que se pueda hablar de una identidad de fotógrafos argentinos o sudamericanos sino que, más bien, hay buenos y malos fotógrafos, que se dedican a distintos temas. Él eligió ensayar acerca de la realidad de su país y se distanció de aquellos que eligen temas más abstractos, de los que hoy se llaman contemporáneos.
Claudio y Rina, novios.
Cabaret “Kasandra”, Maldonado, Uruguay. 2002.

“Veo que hay una similitud y hasta copia de cosas que se hacen afuera, que quizás afuera tienen algún sentido porque yo entiendo que en la fotografía alemana haya un Gursky o Candida Hofer, que me deja completamente helado, porque no me dicen absolutamente nada en mi realidad. En Alemania sí tiene sentido porque Alemania está toda fotografiada”. El tipo de fotografía ligada a lo artístico está impulsada por las galerías de arte que tienen una formación estética que viene de la pintura y de las artes visuales anteriores a la fotografía. Toda esta influencia ha tocado a la fotografía y Zimmermann confiesa que prefiere otra forma de pensar a la fotografía, que también es contemporánea: la que hace Sebastián Cid, Juan Travnik, Adriana Lestido, Oscar Pintor, entre otros.

“Soy un fotógrafo al cual nunca le ha interesado la fotografía como un lugar en donde uno se mira el ombligo, donde uno reflexiona acerca de sí mismo, para eso tengo la almohada. Me interesa la fotografía en donde pueda decir cosas del mundo que me rodea, opinar sobre ese mundo o incluso mostrárselo a otro”. Zimmermann opina que hay un desbalance entre lo que las generaciones jóvenes creen que hay que fotografiar y otra fotografía que no está tan a la vista. “Toda esta moda de la cosa estética de los curadores, de los diseñadores de espacios donde uno muestra, de los explicadores de cosas, me parece del todo inadecuada para el período fotográfico que estamos viviendo en Argentina. Yo creo que uno necesita que expliquen mucho una obra de arte cuando la obra de arte no dice por sí misma nada. Necesitás un curador que explique por qué vos hiciste un cuadro todo banco con un punto negro en el medio y por qué eso es arte”. 
Felipe y José, músicos de una banda.
Alto Sopocachi, La Paz, Bolivia. 2006.


Un minero masca coca y se desnuda lentamente. Se deja puesto el casco, las botas y el reloj, que ya son parte de su cuerpo. Detrás, el agujero de la mina y horas de trabajo duro. Cierra los puños y se sienta sobre la piedra, que ya sepultó a varios hombres. Verdad y desnudo. “Estas son fotografías de gente verdadera. Y la exhibición franca de sus cuerpos no es más que una manera de desnudar aún más sus verdades. Las propias y las de su entorno. En el modo de exponerse están su historia, sus temores, sus anhelos. Y en el paisaje que aparece detrás, la otra mitad de sus vidas”. 

María Paz Crotto

Retratos del primer pueblo libre de América, San Basilio de Palenque


Retratos del primer pueblo libre de América, San Basilio de Palenque
“Buscando imágenes, encontré mis amigos Afro-Descendientes”
Marceliano Pion

Por. Katherine Calderón C*
Miradas profundas, de una raza que durante siglos, ha luchado contra la esclavitud y el racismo, se entiende la tranquilidad y un aire de libertad, a pesar de la pobreza de un pueblo, que otros mirarían sin atención. Esto es lo que permite percibir el fotógrafo colombiano, Marceliano Pión, a través de la que será, su próxima muestra sobre Afro-descendientes.
La constate búsqueda de éste fotógrafo impetuoso, lo llevó a un corregimiento del departamento de Bolívar, en Colombia, Conocido políticamente como Palenque de San Basilio, sin embargo originarios de vieja data, se niegan a llamarlo como tal, ya que argumentan que el pueblo no es del santo, sino el santo del pueblo, así que en realidad es más conocido como San Basilio de Palenque.
En sus fotografías, Marceliano muestra una generación de raza pura, que hoy puede contar una historia distinta a la que vivieron sus antepasados, donde la lengua criolla, siendo un conjunto entre la diáspora africana, con base léxica española, define palenque, como aquel lugar poblado por esclavos africanos y fugados del régimen colonial.
La fotografía es una necesidad en mi sistema de vida, siempre he sido medio nómada o caminante, si se prefiere llamar así.  En mis constantes salidas, el contacto con la naturaleza es fundamental”, asegura Pión, como si estuviera revelando la verdadera conexión con la imagen.
Humildes pero sonrientes, se muestran los niños de Palenque, absorbidos e interesados, por quien capturó la esencia, de aquel instante que ahora nos evoca historia.
Sin ir más lejos, algunas fotografías de Pión, también hablan sobre las marcas del tiempo, en el rostro de aquellos, que tal vez, alcanzaron a vivir un poco de aquella época impensable; quizás nunca antes llegaron a imaginar, que gracias a su historia, cultura y lengua, Palenque llegaría a ser declarado por la Unesco, “Patrimonio Intangible de la Humanidad”.
Con toda una trayectoria de reconocimientos, este fotógrafo nacido en Barranquilla, costa Caribe de Colombia, demuestra la interminable búsqueda por la imagen. “Esta atracción es la que me ha llevado a sitios realmente interesantes” Destacó Pión.
Su trabajo inicia, tal vez como cualquier otro viajero que desea guardar el recuerdo de lo vivido, sin embargo en Marceliano, más que la pasión por recorrer el territorio nacional colombiano, el que exalta como un lugar único, por las maravillas naturales que posee, encontró en la fotografía, no solo un ‘flash-back’ en su memoria, sino que descubrió, una vocación febril, que todavía continúa después de 30 años.
Este arquitecto, empezó como profesor de ‘Dibujo de Ingeniería’, en la Corporación Educativa del Litoral, en Barranquilla. Aclaró, que tomó el puesto porque era la única vacante, sin embargo otra de sus vocaciones, es ser maestro, hasta tal punto que se ha consagrado, como uno de los mejores profesores de fotografías, en varias universidades reconocidas de la ciudad.
Junto con otros colegas, en 1981, fundó el foto-club de la Alianza Francesa, que hoy se conoce como Claraboya. Alterno a esto, realizó cursos de fotografía, lo que lo llevaría un año después a dictar cursos básicos en la misma Alianza, mientras en 1983,  empieza con fotografía, en los programas de Publicidad y Administración del Litoral.
Con una serie de cursos, diplomados, ponencias y reconocimientos, a lo largo de su carrera, sin excluir la contribución que ha realizado como jurado y  los diferentes concursos que promueve entre sus estudiantes, cabe destacar, que en manos de la misma Universidad, donde empezó como docente, recibió el título de publicista Honoris Causa, el 18 de diciembre de 2009.
Finalmente afro-descendientes, es una muestra que está por realizarse, y a la que nos hemos adelantado. Con retratos reales, que no buscan la imagen elaborada, es la naturaleza, el rostro de un pueblo, que mantiene viva su cultura, una generación que se dejó ver, cada una como lo sentía, con miradas profundas, otras esquivas, pero al final se dejaron capturar.
“Fui a Palenquee, precisamente buscando imágenes, no fue fácil, porque a ellos no les gusta que los retraten, pero sin lugar a dudas, encontré a mis amigos Afro-descendientes”.
Por. Katherine Calderón C*

Los fotógrafos Sebastián Hacher y Olmo Calvo Rodríguez - impresioante


Asentamiento 13 de Mayo - Sebastián Hacher y Olmo Calvo Rodríguez
Nota: Mariana González Toledo
Los fotógrafos Sebastián Hacher y Olmo Calvo Rodríguez  de la cooperativa Sub encararon un trabajo sobre un particular asentamiento en Paraguay. El asentamiento 13 de mayo está compuesto por cuarenta familias que ya resistieron diecisiete desalojos en seis años. Es esta alianza con la tierra y con la comunidad la que se ve fielmente retratada en este proyecto. Las fotografías son intensas, como sus colores. Sus protagonistas nos muestran con orgullo las casas que supieron y saben conseguir, el lugar secreto donde se ocultan cuando llega el peligro y sobre todo la forma en que eligieron vivir.
En el departamento de Itapuá, en Paraguay, en solo 8 hectáreas de tierra un grupo de campesinos vive en una real y democrática comunidad. Son familias que dignamente generan sus propios alimentos mediante cultivos tradicionales. Pero hay algo que no los deja vivir en paz y es el continuo desalojo que cada tres meses tienen que sufrir. Quizá por eso, porque tuvieron que prepararse para la huída, que siempre es en el monte y porque aquellos que los desalojan con balas, les queman casa y cultivos, y los envenenan con  agrotóxicos, es que se unieron profundamente y decidieron que volverán cada vez y reconstruirán lo destruido.
Sebastián Hacher nos cuenta que este, en principio, fue un proyecto para un documental y que luego de haber visitado el lugar y conocido a las familias, volvieron junto con Olmo Calvo Rodríguez y se quedaron diez días haciendo fotos de cada familia y participando de las asambleas, de las salidas al trabajo y compartiendo la vida en comunidad. Allí se enteraron de que esas tierras son las llamadas tierras “mal habidas” porque el dictador Stroessner se las regaló a su ex médico como recompensa por su lealtad y que ahora, sus descendientes, las arriendan a los sojeros que son los que dominan el país e intentan dominar a estos campesinos.
Hacher nos cuenta que nadie sale a defenderlos, nadie los atiende en el hospital del pueblo, que son demonizados, tratados de guerrilleros por los medios de comunicación porque lo que impera es el discurso de la soja, que no paga impuestos y que convierte al país en uno de los principales productores de esta planta: 2.600.000 hectáreas cultivadas, con una producción de 3,8 millones de toneladas.
Entonces, ¿a quién le interesa este puñado de hombres, mujeres y niños? Son una pequeña mosca en este gran plato de comida para otros. Pero ellos siguen intentándolo después de cada desalojo y defienden ese pedazo de tierra que por hecho y real derecho, les pertenece.
Todo esto se ve en las tomas de Hacher y Calvo Rodríguez. Por ejemplo, un hombre dentro de un pozo, el pozo de agua que construyen cerca de cada casa; los almuerzos, preparados con amor, por una mujer, para quien quiera, donde cualquier persona de la comunidad puede asistir, porque las casas están abiertas a todos; las salidas a desmontar con machete, en donde todos trabajan, mujeres, hombres y niños; las infinitas tierras abarcadas de soja, las máquinas monstruosas de los sojeros. La vida cotidiana contada desde adentro, afuera, arriba y abajo porque las perspectivas propuestas por estos fotógrafos son múltiples, desprejuiciadas, honestas. Hay una ética del trabajo, en el trabajo mismo, y una ética en los fotógrafos que hicieron estas tomas. De hecho es una postura que ellos y todos los fotógrafos que pertenecen a la cooperativa Sub adhieren,  no aceptar dogmas impuestos por escuelas de fotografía o por medios de comunicación, no mostrar el costado “amarillo” de las cosas sino a la gente con toda su dignidad, con lo que la hace diferente y única... y mejor.
Por Mariana González Toledo

GALERIAS
PARTE I:

PARTE II:

SENCILLAMENTE EL ARTE TRADUCIDO A LA DENUNCIA


Asentamiento 13 de Mayo - Sebastián Hacher y Olmo Calvo Rodríguez
Galería Parte II
  



MARAVILLOSAS IMÁGENES


David Leventi: El artificio oculto.
Por María Paz Crotto.

El estadounidense David Leventi viajó a Buenos Aires para fotografiar el Teatro Colón, el último de los grandes teatros del mundo que compone su trabajo “Bjoerling's Larynx: World Famous Opera Houses”. Todas sus fotografías tienen en común la perspectiva centralizada y el detalle minucioso, que le aportan gran credibilidad a sus imágenes aún cuando son artificios: “Si bien la proporción de los espacios varía, mi meta es componer en una misma imagen la simetría vertical y la lateral. La cámara permite algo que el ojo desnudo nunca develaría”.
El título hace mención a Jussi Björling, un tenor suizo de popularidad mundial que cantó en dos de los teatros que Leventi fotografió: el Royal Swedish en Suiza y el Metropolitan Opera de Nueva York. En ambos espacios, y en los más de cuarenta teatros que componen la serie, hubiera podido cantar su abuelo Anton Gutman. Sin embargo, por estar cautivo en un campo de concentración de la Unión Soviética sólo cantaba para oficiales y prisioneros. “Cuando finalizó la guerra, su carrera había terminado. Recuerdo a mi abuelo cantando alrededor del living ,y aunque no soy muy fanático de la música y no tengo muy buen oído, recuerdo que era hermoso. Esa es la razón personal por la que empecé este proyecto”.
A diferencia del niño estadounidense tipo, a David nunca lo llevaron a Disneylandia Sus padres, ambos arquitectos y de origen rumano, le transmitieron el gusto por la cultura europea: “Todos en el colegio iban a Florida una o dos semanas y volvían con unos bronceados increíbles. Por curiosidad, fui hace cuatro años con mi mujer, y fue tan estúpido. Cuando volví, les agradecía a mis padres que me hubieran llevado a otros lugares donde se podía experimentar algo, algo aparte de falsedad”.
Su maestro Robert Polidori le enseñó a trabajar con una cámara de formato grande: “Al principio no lo quería hacer, me parecía muy lento. Tardé alrededor de dos años en entender bien el mecanismo y, a medida que practicaba, me iba gustando cada vez más. Sigo admirando el instante preciso de Henri Cartier-Bresson y trato de incorporarlo a mi trabajo. Preparo la toma y espero a que algo pase, a veces surge algo grandioso y a veces no pasa nada”.
También admira a Joel Sternfeld, Andreas Gursky, Candida Höfer, An-My Lê, Simon Norfolk, Chris Jordan, Edward Burtynsky, Alexey Titarenko, Pentti Sammallahti y Simon Roberts. Es clara la influencia que la Escuela de Düsseldorf tiene en su forma de percibir la fotografía: “Trato de ser perfecto, pero nunca voy a ser tan perfecto como un alemán. Amo el trabajo de Gursky”. Leventi marca una diferencia respecto de su trabajo y el de Höfer: “En sus fotografías hay mucha soledad, no hay referencias a lo humano; en cambio, en las mías siempre hay algo que no está bien”. El ambiente general determina la presencia de “imperfecciones”: a veces es una mesa pequeña con un candelabro o un maniquí, en algunas hay personas sentadas y, en el Teatro Colón, se puede espiar el movimiento de las piernas detrás de la cortina. Una vez, en su casa en Nueva York, amplió una de las fotografías del Teatro de París y, para su sorpresa, pudo distinguir la firma de Marc Chagall en el techo.
Utiliza cámaras Arca-Swiss 4x5 y 8x10 y para fotografiar el Teatro Colón eligió los valores: f:16/22.5 y 2 minutos: “Nunca sé si las fotografías están bien hasta que vuelvo a casa y proceso la película. Me pongo nervioso en todo el proceso, luego del momento de la toma siempre siento que en algo me equivoqué. Pero, al mismo tiempo, cuanto menos pensás más surge el talento. Generalmente, mis primeras impresiones son certeras”. Para Leventi, existe un vínculo estrecho entre la fotografía y la música: “Un cantante proyecta su voz y el sonido alcanza las sillas, las telas, el techo, todo es absorbido por el sonido. También la luz es absorbida por una silla roja, rebota y vuelve a la cámara, se imprime en el negativo y después está en la fotografía”.
El fotógrafo estadounidense define su estilo como arquitectónico, meticuloso y estructurado: “Tiendo a poner las cosas en una cuadrícula para que todo esté en su lugar. Aún cuando todo es caótico, encuentro la estructura. Cuando fotografiaba con 35 mm lo hacía, pero no tanto como ahora. Miro el mundo como si estuviera sacando una foto, de algún modo lo sé, camino por la calle y veo un par de edificios y sé exactamente dónde me pararía para hacer la toma. No camino por la calle con una cámara, si estoy interesado, recuerdo el lugar y vuelvo más tarde”. Las personas están en la misma sintonía que las cosas: “No debería decir esto, pero pongo a la persona en función del ambiente y la trato como si fuera un objeto más. Me gusta fotografiar a la gente, pero no lo hago muy seguido”.
En 2007 comenzó sus viajes alrededor del mundo para retratar teatros en Francia, Rusia, Rumania, Suiza, Noruega, Hungría, Brasil, República Checa, España, Italia y Estados Unidos. En agosto, fue el turno del Teatro Colón: “Alguna parte de mí le gusta lo que es viejo, hubiera preferido fotografiarlo antes de la restauración. El tamaño del teatro es impresionante. Es enorme y tiene ese algo especial, un aura, que aún no lo puedo descifrar totalmente. Es esa misma sensación que me dio el Palais Garnier, el Metropolitan Opera, La Scala, entre otros”.
La serie se completa con fotografías de cárceles totalmente redondas que se caracterizan por el tipo de arquitectura panóptica, imaginada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham en el siglo XVIII: “Va a ser un agregado muy interesante al proyecto de los teatros, va a ser un antes y un después en un libro”. La única cárcel que fotografió (hasta el momento) fue el Stateville Correctional Center en Estados Unidos: “Estar en una cárcel de máxima seguridad fue una locura. Estaba nervioso, tenía mucha ansiedad, todas las personas que estaban allí habían cometido algún crimen. Luego, me puse más cómodo. Estuve alrededor de cuatro horas”.
Leventi se paró en la torre de vigilancia y fotografió las celdas, como antes fotografiaba los palcos en los teatros: “Cuando estoy en el teatro, no hay gente mirando, en cambio, cuando estoy en la cárcel todos están mirándome y yo los miro a todos. La cárcel me da la sensación de lo que sería estar en un teatro lleno de gente. Sabe que el “público” de la cárcel está cautivo y que los prisioneros lo van a mirar de todas formas, pero le parece interesante la comparación.
Michel Foucaul en “La verdad y las formas jurídicas” describiría la sociedad disciplinaria mediante el panóptico: “Creo que Bentham es más importante, para nuestra sociedad, que Kant o Hegel (…) El panoptismo es uno de los rasgos característicos de nuestra sociedad: una forma de vigilancia que se ejerce sobre los individuos de manera individual y continua, como control de castigo y recompensa y como corrección, es decir, como método de formación y transformación de los individuos en función de ciertas normas”. Detrás del aparente mecanicismo de la cámara fotográfica se esconde un propósito nada inocente: “El teatro es como el panóptico foucaultiano, pero en negativo”.
María Paz Crotto

DOISNEAU NADA MAS QUE ESO.


Robert Doisneau
Simplemente Doisneau - Fotografías
Centro Cultural Recoleta
Sala Cronopios
Viernes 13 de mayo
al domingo 26 de junio de 2011
En el marco del TANDEM París-Buenos Aires 2011 se presenta en la Sala Cronopios una muestra del gran fotógrafo francés Robert Doisneau. Mundialmente conocido por su famoso “Baiser de l’Hotel de Ville”. Con 137 fotografías originales la muestra ofrece un amplio panorama de la obra de Robert Doisneau. Destacan su mirada humanista sobre los suburbios y su gente, los chicos, la guerra, el París de la posguerra y también… los besos.

TOTALMENTE AFICIONADA.


Panasonic Lumix GF3: toma de contacto y muestras
Reducir el tamaño de las cámaras fue una de las promesas que realizaron las firmas del sector cuando se lanzaron a la aventura de los modelos de óptica intercambiable sin espejo. Así que ni esta nueva Lumix DMC-GF3 ni la Sony NEX-C3 que vio la luz hace menos de una semana deberían sorprendernos demasiado.
Con muchos cambios estéticos respecto a la GF2 pero unas especificaciones casi calcadas, Panasonic congregó hace unos días a la prensa en Roma para mostrar esta diminuta Micro Cuatro Tercios de 12 megapíxeles. He aquí nuestras primeras impresiones -acompañadas de varias muestras- tras unas pocas horas de convivencia con una unidad de preproducción.
 
Aunque de entrada su renovado diseño y, sobre todo, el minúsculo tamaño pueden sorprender, en realidad la Panasonic Lumix DMC-GF3 es un eslabón totalmente previsible en esta cadena evolutiva de las cámaras compactas de sistema. No se trata de hacerse los listos y decir que ya nos lo imaginábamos, pero con la nueva GF3 entre las manos -en realidad, con una sola mano ya hay de sobras para sostenerla- es fácil entender su filosofía.

El lema es el de siempre, pero llevado un poco más allá: resultados de calidad gracias a un sensor mucho más grande que el de una compacta, pero con el acento puesto en el reducido tamaño del cuerpo y la facilidad de uso. La combinación perfecta, por tanto, para seducir a los aficionados que no se acaban de decidir a dar el salto al mundo de las ópticas intercambiables.
En realidad, tras toda esta disertación filosófica, la GF3 es una de esas cámaras que pueden explicarse en dos líneas. Basta con coger la Lumix DMC-GF2 con casi todas sus prestaciones, eliminar aquello que menos se utiliza para reducir tamaño y coste, y redondear un poco las formas. Y listo.
Ésta sería la versión resumida. De todos modos, y aprovechando que tuvimos la oportunidad de pasar unas cuantas horas haciendo turismo por Roma con la GF3 (acompañada del nuevo Leica 25 mm f1.4, por cierto) y recopilar varios gigabytes de imágenes de muestra, esta singular pareja bien merece un poco más de atención.
Fuente: quesabesde.com